Fuego eres y al fuego volverás. Sobre “El espasmo y la quietud” de Gorka Lasa.

el

Por Edilberto González Trejos

Un 8 de diciembre de 2006 subo a mi blog un poema llamado La soledad del caminante. Se trata de un autor casi enigmático del que se sabía poco o nada, Gorka Lasa Tribaldos. Algo hizo click en mi pecho más que en mi mente, éste iba a ser el primero de muchos encuentros de una relación ininterrumpida de lectura y vida.

Ha corrido mucha agua debajo del puente, pero la temática de Gorka, siendo la misma, se reinventa, esta vez en la estética: El espasmo y la quietud es la bitácora íntima de un coribante perdido en las edades, un caminante solitario.

En esa bitácora “el soñador escribe en su viaje las cartas para soñar la muerte” (1) ¿su muerte? Su muerte. Y su renacer.

En esa relación ininterrumpida con Gorka y sus libros, en el año 2010 tuve el privilegio de presentar Cantos de la legión arcana, obra en la que el autor que nos ocupa itera que “es terriblemente solitario ser un espíritu antiguo en un planeta de niños”.

El infantilismo de estos tiempos:

Se evidencia terrible y hondo como los abismos del alma, para un alma vieja, el infantilismo de la humanidad en los albores del Siglo XXI, dónde no puede aplacar la sed un peregrino en cuyo pecho pulsa una vieja fe más allá de las religiones. Doquiera que marcha halla sal, sal que escuece esa antigua y primordial herida.

La herida:

Ya se lo decía Ernest Hemingway a F. Scott Fitzgerald, “sé fiel a tu herida”, no juegues con ella, no manipules a la gente, no te hagas la víctima, no saques ventaja de ella” Y la poeta canadiense Louise Warren lo reafirma al escribir que el poeta es “la misma herida, la propia herida, la herida en sí”. De esa forma, con una honestidad total, Gorka Lasa en este libro hace que florezca un jardín de su herida ancestral.

Gorka va más allá, en estos tiempos de obstetricia existencial, donde todo el mundo quiere una anestesia vital, el autor asume la herida y su dolor, él lo sabe y a través de una riqueza simbólica nos guía en este libro bitácora.

A través del campo semántico cántaro-caverna-huevo, el poeta rescata y revela la importancia de la vida interior, del refugio, de esa meditación vital, del río que nace del silencio y da vida, del ave que nace entera y rompe el huevo, de la caverna desde donde nace el iniciado en su caminar hacia la luz.

Gorka entiende lo conlleva ser el cisne que se hiere en el pecho para dar de comer a los débiles, a los abandonados, como la Diosa de la Libertad, como una Madre Sempiterna.

Gorka asume el retorno al útero, el hacerse uno con la Diosa, La Mujer Azul, él sabe que cada vivencia es una suma de metáforas, sus vivencias son alegorías: España, Chile, Panamá, sus sueños.

En esta obra el caminante duerme, sueña y despierta en la rueda del Samsara, añorando el Nirvana:

“En la fuente del silencio, el embrión aguardaba, ciegos plasmas convergían en la seña de su sol.” (2)

En la rueda de las reencarnaciones, nos recuerda que aún puede haber esperanza en la derrota:

“He vuelto a las cartas que escribí en la derrota…

Hoy he vuelto a las cosas que habitó mi esperanza.

Hoy he vuelto a las cartas que escribí en la derrota, he bebida la tinta que nunca se secó, he transcrito el poema en el fuego del alma, dejando mi huella en la huella de dios.” (3)

E interpreto que el caminante cierra un ciclo e inicia otro, la hora espejo, frente al umbral.

Incluso en su lenguaje el autor, eterno caminante, se revela un ser de tiempos antiguos. Por ejemplo, cuando escribe: “se detuvo en el viaje frente a las llamas del vino” (4), me hace recordar a Homero, pues el mar de los antiguos griegos era color vino. Preciosa epopeya del alma.

Abismo y vértigo:

En la recta final del libro, que no es una colcha de retazos, una colección arbitraria de textos, si no que es un continuum, itero bitácora, el autor se enfrenta al abismo, al vértigo de la existencia, topándonos con imágenes poderosas como ésta:

“… cauce agrio en el alma, una vena seca, una cicatriz desnuda.” (5)

Y nos enfrenta a la muerte con rostro de mujer, a Kali, a Durga, a La Dolorosa, a Nuestra Señora del Camino, la de la Hoz, a la patrona de Caronte, a la visión sobrecogedora de la barca y del río Estigio.

Sequedad como la aridez del alma, esa noche, ese desierto: una noche cósmica en el desierto. ¿Cuándo acabará?

El poeta sueña su muerte y no echa de menos lo que ha perdido:

“He soñado los sueños que la vida remonta y he muerto en las cartas que atestiguan mi error.” (6)

“… cuando se cruza al valle sin sombras no importan las eras perdidas en su ausencia.” (7)

Hay dos umbrales clave en el libro, los textos No. 11 y No. 22. Ya vimos en el primero la esperanza en la derrota, el superar la rueda de reencarnaciones. En el último se supera la ortodoxia.

Pero este libro no cesa de sorprender, pues al caminante no le basta ser un Buddha, si no que en sus pruebas, en las lágrimas que vierte, más que traerle amargura, le traen compasión, Surge el Nirmanakaya, ese iluminado, compasivo, renunciante que se conmueve con la muerte de los más vulnerables, digno hijo de la Diosa de la Libertad. Al llorar a su perra muerta, brilla como un Buddha compasivo.

El silencio:

De forma certera el poeta lo define así:

“Es la forma en la clave donde se oculta el poema” (8)

Viene a recordarnos lo que han dicho otros poetas como Roberto Juarroz, cuando dijo que:

“Hemos aprendido a escribir sobre todas las superficies, hasta sobre el agua. Pero no hemos aprendido a escribir encima del silencio, quizá porque no sabemos escribir con el silencio.”

Y viene a compartir esa íntima añoranza de Tomas Tranströmer, en su poema marzo del 79, cuando escribió:

“Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje”

En el silencio se hace la luz dentro del ojo, en silencio adquiere sentido la nota musical, el silencio del encuentro nocturno en una playa perdida, como en un poema de Robert Browning, para luego dar el paso a la siguiente octava.

Un último reto lanza el coribante, el caminante, el poeta, antes de lanzarse al fuego, sin saber que él es fuego, pensando aún que ceniza es:

“¿De qué astro maldito vendrá mi redención?” (9)

Ese astro brilla en tu pecho, poeta, ya que fuego eres y en fuego te convertirás.

“No queda ya nadie a quien contar esta historia. Ha muerto la poesía, la guerra ha terminado.” (10)

Poeta, al final no importa cuándo muere la poesía, al final – que es uno con el principio – lo que importa es si nació la poesía, cuándo nació la poesía, acaso cuando el primer Homo Sapiens miró a las estrellas y dejó de pensar en modo supervivencia, acaso en esa última escena de la película En busca del fuego de Jean-Jacques Annaud, búsqueda que termina cuando lo descubres en el firmamento, o en tu pecho.

Edilberto González Trejos

Panamá, agosto de 2019.

Glosario:

Donde se pueden encontrar los textos citados en El espasmo y la quietud.

(1) Pág. 4

(2) Pág. 17

(3) Pág. 14

(4) Pág. 16

(5) Pág. 22

(6) Pág. 23

(7) Pág. 24

(8) Pág. 27

(9) Pág. 28

(10) Pág. 30